Era tan listo que cualquier bateador pudo ser su presa, no importa la casaca que vistiera ni el nombre escrito a la espalda. Julio Romero nos regaló verdaderas joyas desde el montículo. En cierta ocasión, le propinó dos ponches al gran Barry Bonds, tirándole rápido hacia los pies.

Aunque él mismo dice que todavía no era el temible slugger de unas temporadas después, el hombre del récord de 73 cuadrangulares en una sola campaña (2001) y la marca absoluta de 762 de por vida… Bonds siempre tuvo gran clase.

Y también le recetó dos ponches a Mark McGwire en el torneo de Amberes. Se enfrentaron nada más y nada menos que en un terreno corto de solo 280 pies, y tuvo que lanzarle ocho entradas en los dos juegos.

Ya McGwire había pegado un cuadrangular en cada partido de la etapa clasificatoria en los Panamericanos de Caracas’83, pero ni en ese evento ni en la Copa Intercontinental de Bélgica le fue bien ante el cubano, que ponchó a quien años después fue el bateador con mejor frecuencia de jonrones por veces al bate en la historia de las Grandes Ligas (583 en 6 187 turnos, un bambinazo cada 10,61).

El pitcher nacido en Bahía Honda (otrora territorio de la provincia Pinar del Río, hoy de Artemisa) gozó de una saludable velocidad en su brazo y un repertorio de lujo. Así alcanzó 148 victorias, y en lides internacionales sumó diez, por un insólito fracaso.

Con 1 678 ponches, se ubica entre los diez primeros en ese departamento en nuestro béisbol. Concedió únicamente 727 bases por bolas.

Por si no bastara, exhibe un promedio de carreras limpias de 2,31. Sus rivales le conectaron para 214 de average, con apenas 79 cuadrangulares. Propinó 36 lechadas, y estampó un Cero Hit Cero Carrera ante Camagüeyanos en la IX Serie Selectiva. ¿Qué más se le podía pedir, si militaba en el débil conjunto Forestales, la segunda selección pinareña?

No había estado en escuela deportiva alguna. Emergió de la pelota popular. Pero, en su primera temporada (1971-1972), de nadie se habló más que de Julio. La gente decía que por allá, por la costa norte, en Bahía Honda, había un negro que disparaba centellas. ¿Quién querría enfrentársele? La gente, más que respetarlo, le temía, un buen augurio para abrirse paso desde la lomita.

De manera que muy pronto se convirtió en uno de los mejores del país, con una velocidad aterradora, bien por encima de las 90 millas, y una slider sobre las 85, lanzamientos por encima del brazo y de costalazo. También dominó las curvas. Cuando venía con control, era casi imbateable.

En un torneo en Puerto Rico, Julio Blanco Herrera, scout de los Astros de Houston, le reveló haberle medido varios envíos de 98 millas. Hubiera sido un buen lanzador en las Grandes Ligas, pues más que sus habilidades, sabía dónde poner la bola y dominar a los bateadores rivales.

Al inicio, y en coincidencia con su cumpleaños, en un juego contra Industriales, el equipo capitalino tenía la llamada tanda del terror, con Capiró, Marquetti, Urbano, Raúl Reyes, Germán Águila… “Entré por Emilio Salgado, con las bases llenas, y una parte del público se paró, para marcharse, gritando que cómo era posible traer a un novato.

“Me recibieron con una línea a segunda, que hubiera servido para matar el inning: a Urquiola, que nunca fallaba, se le cayó. Mi mayor regalo fue que las gradas comenzaron a calmarse, y muchos retornaron a sus asientos. Hasta el séptimo episodio, me dieron dos hits: un “texas” de Germán y uno de Urbano al center”.

Al finalizar esa primera serie, integró la selección universitaria. Le lanzó a Panamá: ¡17 ponches! Era un adelanto de su actuación durante más de una década en los equipos Cuba. Y, tras su retiro, ha sido entrenador o le han destinado a estudiar a los rivales, como en el Primer Clásico Mundial de Béisbol, en 2006.

Le gusta enseñar la ciencia de controlar el cuerpo para tener dominio de los lanzamientos, de girar sobre el eje vertical del cuerpo, de lograr todas las fases de equilibrio desde el inicio del movimiento hasta el final.

Insiste en la necesidad de emplear el cambio, de conocer las características de cada envío y organizarlos para que cada uno defienda al otro. Recuerda a los jóvenes que la slider protege a la sinker y el cambio a la recta. Les devela sus mañas para sorprender al contrincante. Para él, el béisbol es pasión… e inteligencia.