Unos vienen a este país buscando su Sol, el clima tan diferente al lugar de donde proceden. Otros quieren juntos sus cálidos rayos a nuestras playas de arena fina. Algunos llegan tras el mejor tabaco del mundo… y el ron que solo producen estas tierras. No puedo negar que también acuden hechizados por el mito de las mulatas. Pero todos terminan descubriendo que el mayor tesoro de Cuba son los cubanos.

Claro que la mayor de las Antillas posee disímiles atractivos: paisajes, grandes deportistas, un prestigioso ballet, una música contagiosa, el mejor chocolate, una Ciudad Maravilla (La Habana), una urbe de mármol (el Cementerio de Colón), un Museo del Humor, leyendas y tradiciones, fantásticas cuevas, y hasta un hotel que atrae personalidades de todos los tiempos (el Nacional).

Sin embargo, el más fabuloso de los encantos de este pedazo de tierra en medio del Mar Caribe… es su gente, alegre y jaranera más allá de cierto escrito caricaturesco que continúa circulando de mano en mano.

De veras, a veces nos reímos de nuestras desgracias, y no pocos tenemos creencias muy especiales. En ocasiones, discutimos sin importar cuánto sabemos sobre determinado asunto, y no solemos manifestar nuestro desacuerdo sino afirmar que el otro está completamente equivocado. E invitamos a alguien a un lugar que no es el mejor restaurante del pueblo… sino del mundo.

Y, por supuesto, “sabemos” lo que es preciso hacer para encauzar a América Latina, eliminar el hambre en África, y convertir a cualquier país en una potencia mundial.

Mas, lo que verdaderamente seduce a los visitantes y a quienes nos conocen en España, Estados Unidos, Honduras, Angola, Haití o las calles de Londres es esa espontaneidad y solidaridad tan a flor de piel.

“Somos capaces de brindar cuanto tenemos a niveles superiores, que tienen que ver con la vida, con la humanidad, con el futuro del mundo, y lo hacemos sin pizca de temor ni insatisfacción, debido a un amor infinito por el ser humano”, sostiene la joven Claudia González.

“Nos gusta superarnos a nosotros mismos. En verdad, somos trabajadores hasta el cansancio”, agrega Ismael Álvarez.

Quizás suceda por la mezcla de culturas: la aborigen, española, africana… y los valores e ideales heredados de las mejores tradiciones de varios siglos.

Personas de otras naciones, habituadas en primera instancia a desconfiar o guardar distancias, se sorprenden de cómo los cubanos echamos abajo protocolos y formalismos para saludar, ofrecer ayuda, hacer una broma y abrirles las puertas… hasta del corazón.